De:
caiman.de 09/2003
Chile: El encanto de Valparaíso :Neruda y su amor a
Valparaíso
por Sara Vial Cron
Se conocen los nombres de ambos por el mundo. El del puerto de Valparaíso,
desde que las tripulaciones de los barcos a vela que daban la vuelta, desde
Europa, al Cabo de Hornos, en nuestro Sur austral, antes de la construcción del
Canal de Panamá.
El de Pablo Neruda, desde que un poeta entonces delgado y melancólico, en una
lluviosa aldea de ese mismo Sur, llamada Temuco, escribía mirando a las
estrellas últimas del planeta: "Puedo escribir los versos más tristes esta
noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan azules los
astros a lo lejos".
Del libro en que aún vibran esas palabras, 20 Poemas de Amor y una Canción
Desesperada, se han vendido en el mundo más de diez millones de ejemplares. Y
seguirán imprimiéndose, mientras ella gire. A su vez, el nombre de Valparaíso
seguirá rodando por lo mares, hasta que los propios mares dejen de rodar. Su
nombre se dispersó por lo uertos de la tierra en el corazón de los lejanos
navegantes que engendraron su mito. Viajeros, cineastas, poetas y pintores,
fotógrafos, graficaron su historia, no terminaron de buscar su secreto bajo los
cielos de la Cruz del Sur.
Lo que no todos saben, es que esos dos nombres, Neruda, Valparaíso, están
unidos como las cadenas de remotas anclas, desde los comienzos de un siglo que
se ha ido, dejándolos unidos en poemas y canciones, en visiones marineras que
les pertenecen a mabos. De cada una de sus casas, Neruda hizo un barco. Y
Valparaíso, de cada uno de los poemas que él le escribió, emerge como una
bengala de Año Nuevo, esas que él mismo lanzaba desde su morada de un cerro de
Valparaíso, La Sebastiana, así se llamaba en recuerdo del constructor español
de la obra gruesa. La Sebastiana estaba inconclusa en sus cinco pisos del cerro
Florida, hasta que el vaticinio se cumplió.
Fue una casa soñada por él que en los años 60 encargaba casi frenéticamente a
sus amigos más próximos. Yo no me libré del encargo y aunque ponía las más
humorísticas y disparatadas condiciones, sabía que esa casa aparecería el día
menos pensado. Cuando se la describí por carta, se negaba a creerlo. Porfiaba
que no podía existir una casa tan idéntica a como la había imaginado. Y tan
idéntica era, que el 18 de septiembre de 1961, la inauguraba en lo alto del
cerro Florida, empavesada como un barco en sus banderitas chilenas de papel y
la alegre compañía de su amigos porteños y santiaguinos que llegaron a
acompañarlo en su primer zarpe cielo arriba, frente al mar.
No es fácil resumir en una crónica la ligazón de Neruda con esta ciudad llamada
Valparaíso que en estos momentos postula a patrimonio de la Humanidad. Pero si,
aburrido de Santiago, quiso venir a vivir en ella y después de haber estado
enviándole sus versos desde los quince años, sin conocerla, como a una amada
invisible y magnética, no hubo etapa de su vida que no hubiese estado
relacionada de algún modo con este puerto que lo atrajo desde su adolescencia. En
épocas de persecusión política, se refugió en otro de sus cerros, de nombre
Lecheros, en una casa acerca de la cual se refiere en el Canto General. "Una
casa de marineros", la describe (1948). Quería escapar en barco y
escondido en un sótano en cuya entrada colocó un puerta blanca, simulando un
closet, permanecía horas asomado a una pequeña ventanita observando los barcos
y escuchando el pitazo de los trenes de la estación Barón. De todo ello dan fé
los poemas escritos en esa época en los capítulos de El Fugitivo, del Canto
General.
También quería irse en barco desde Valparaíso el año 1927, el vapor Adriana,
que nunca apareció, cuando tenía veinte años y había sido nombrado cónsul en la
India, en Rangoon. Pero también falló el barco y hubo de partir a Buenos Aires
por el tren trasandino que cruzaba la Cordillera hacia Argentina y allí
embarcarse en el barco alemán Baden. Neruda amó con tal pasión los barcos, que
la moderna llegada de los aviones debe haber sido una pesadilla para él. Caundo
se le nombró cónsul en México, se dió el placer de partir en el Racayu Maru, de
la línea japonesa de los Maru. También viajó en los vapores de la desaparecida
línea italiana, Italmar, y sus amigos ibamos a despedirlo al muelle, agitando
pañuelitos, cosa que le encantaba como si se tratara de un juego. Neruda sólo
tenía quince años cuando publicaba sus versos en una de las revistas literarias
más famosas del año 20, con sede en Valparaíso, llamada Siembra y en donde
también colaboraba Gabriela Mistral.
Neruda aún se firmaba Neftalí Reyes. Hoy esas revistas son piezas de colección.
Muchos mascarones de proa, ahora célebres, procedieron de barcos en desguace en
Valparaíso, a los que acudía en cuanto sabía de estas "bajas" que le
permitían adueñarse de muebles de camarote con los que luego decoraba su casa. Era
su ojo naturalmente marinero el que le permitía distinguir entre los muebles de
aquellas. Las que procedían de tierra o mar. Sin embrago, y acaso, lo más
importante para decirlo hoy día, es que fue Neruda uno de los primeros
enamorados "patrimoniales" de Valparaíso, tal vez exactamente el
primero. Al hablar de ella, en discursos o conferencias, al recordarla en
lejanas tierras, su preocupación mayor era la necesidad de preversarla, no sólo
de los terremotos, que tanto abundan en nuestro sísmico país, sino crear
organismos de porteños dispuestos a defenderla de los ataques de la naturaleza
y también de los humanos. ¡Cuántos maravillosos edificios, cuánta arquitectura
irrecuperable, fue demolida en aras de una equivocada modernización!
Daba ejemplos de ciudades salvadas de los escombros de las guerras y
restituidas a su antigua belleza, "casa por casa, esquina por
esquina", y recriminaba, con absoluta razón, la indiferencia de los
porteños por una ciudad que en el mundo no se parecía a ninguna otra. Impulsó
la creación de Comités, que lograron salvar centenarias casonas a punto de ser
convertidas en inmobiliarias y lo cierto es que hoy, en el plano cultural y
turístico, la casa mueso "Sebastiana" constituye todo un hito para
favorecer a la ciudad que tantó amó Neruda. Le gustaba informarse acreca de su
historia, sus personajes, sus anécdotas, y en tal sentido, conversamos muchas
veces y cuando faltaba muy poco para su repentina muerte, me pidió que lo
ayudara en la redacción de unas Memorias de Valparaíso, muy distintas a las que
aparecen en su obra "Confieso que he vivido". Mi creencia es que
deseaba ahondar mucho más en la ciudad misma, sentía que no había llegado al
fondo de ella y me parece que lo que deseaba era escribir un libro diferente,
para el cual, desgraciadamente, la vida no le dio tiempo. Recuerdo en forma
especial su primera visita a mi antigua casa del cerro Alegre, casona del 1800
que lo fascinó y que aún existe. Le gustaba mucho visitar no sólo las casas de
sus amigos, sino las que le inspiraban interés y curiosidad. Neruda era un ser
maravilloso en el sentido de la curiosidad vital por las cosas, la vida, la
alegría de sentirse rodeado por los amigos y las personas en las que confiaba y
quería. Era un ser, un poeta hecho para la amistad y la conversación, para el
sentido del humor, que era una de las cosas que las apreciaba en las personas. Naturalmente,
su casa de Isla Negra, construida lentamente a medida que los derechos de sus
libros lo iban permitiendo, era la casa mayor, al borde del mar, pero era tan
popular y accesible que cuando quería aislarse, lo mejor era La Sebastiana. Allí
pudo aislarse para escribir, pues era prácticamente inencontrable, dada la
caprichosa topografía de Valparaíso y por muchos años, aún ya concluida, los
porteños no sabían bien por dónde se subía a la casa de Neruda. Al acercarse el
aniversario del Centenario de su nacimiento, será publicado este año en
Valparaíso, en su quinta edición, el libro de memorias nerudianas que editó la
Universidad Católica de esta ciudad el año 83 y que agotado a la fecha,
renacerá como ave Fénix, colmado de nuevos capítulos, donde no faltarán las
notas nuevas e inéditas, halladas a lo largo del tiempo. Escribí este libro,
"Neruda en Valparaíso", para cuya lectura él se preparaba con alegre
expectación, con el único fin de dejar un testimonio sincero del hombre, el
poeta, el amigo y maestro que yo conocí, tan unido al puerto de Valparaíso, en
que nací y que siempre me produjo un malestar: el poco espacio que ocupaba en
las innumerables biografías del poeta.
Todos sabían de su amor a España ("España en el corazón"), Temuco la
aldea de su infancia, ya que su nacimiento fue en Parral, (de España, era
Toledo su preferida, por el misterio que la hacía asimilarla a Valparaíso) y
luego, nadie podía ignorar su vida en la India. De todos esos Nerudas se sabía
bastante, incluso del Neruda de México y Buenos Aires. Pero…¿Y Valparaíso? Solía
aparecer como puerto de recalada eventual y no se desconocían algunos de los
poemas que le dedicó, más tarde, "La Sebastiana" se convirtió en su
bocina de barco. Tal vez, sin la Sebastiana, algo faltaría para que Neruda
hubiera hecho completa su trayectoria en la vida. Y algo también, muy grande,
muy bello, le habría faltado a Valparaíso si él no hubiera sido su dueño. Al
cerrar esta crónica, me vienen a la memoria, en esa fidelidad suya por el mar
que es este puerto, el mar que amó por encima de todas las cosas, palabras que
dijo a los periodistas que lo acosaban en Estocolmo, en aquel octubre en que
fue el ganador del Premio Nobel: "Pienso aquí, con emoción, junto a
Matilde, en las escaleras de Valparaíso, que me han dicho, están embanderadas
en este instante".
Texto: Sara Vial Cron
Sara Vial
Sara Vial conoció a Pablo Neruda en Viña del Mar en 1955, en casa de un amigo
en común, Vicente Naranjo. Sin embargo, fue gracias al famoso pintor chileno
Camilo Mori que Neruda conoció los poemas de la joven Vial. Cuando se
encontraron en la casa de Naranjo, Neruda iba saliendo del brazo de Matilde
Urrutia y Sara Vial iba entrando. "No me creas pesado, ya habrá mucho
tiempo para conversar", le dijo al oído a la joven. Poco tiempo más tarde,
se reencontraron y nació una amistad cómplice que sólo se interrumpió con la
muerte del poeta en 1973. Neruda le presentó a Sara al conocido editor argentino
Manuel Losada, quien se entusiasmó con el trabajo de Vial y publicó sus libros
en Buenos Aires. En 1965, Neruda fue testigo de matrimonio de Sara Vial, un
ejemplo de su relación más allá de las letras.Tan estrecha fue la amistad entre
Neruda y Vial que fue ella quien le mostró al poeta la casa que luego él
compraría para transformarla en su refugio más íntimo, La Sebastiana (en
Valparaíso, frente al mar), que hoy es un museo que recuerda al ganador del
premio Nobel y su amor por el puerto chileno.