EDUARDO DE LA BARRA. EL HOMBRE Y SU TIEMPO. 

Sebastián Jans

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Eduardo de la Barra

BAJO EL REGIMEN PELUCÓN.

La juventud de Eduardo de la Barra transcurre en un Chile caracterizado por las condiciones típicas de la sociedad colonial, salvo por la realidad que entonces muestra Valparaíso, que, mas por condición geográfica que por obra de la evolución socio-económica chilena, se había convertido en uno de los lugares en que las formas capitalistas comenzaban a echar sus raíces germinales.

Esta ciudad portuaria era, sin lugar a dudas, la más importante y activa del país, producto de su condición de primer puerto del Pacífico, para las naves que, cruzando el Cabo de Hornos, se dirigían hacia la floreciente California o hacia la lejana Australia.

La otra ciudad que experimentaba cambios radicales, era la nortina Copiapó, a partir del descubrimiento de la plata, factor que facilitó la aparición de los habilitadores o prestamistas, que después se transformarían en banqueros en Valparaíso.

En el resto del país, en el aspecto social, la aristocracia terrateniente dominaba sin contrapeso la estructura social chilena, en todos los aspectos, incluyendo en lo político, que se reflejaba en la plena vigencia del régimen pelucón, instaurado por Portales, y que, en las ideas y los métodos, nada se diferenciaba respecto a lo que había sido el siglo anterior, bajo el dominio español.

El régimen pelucón se benefició de la bonanza que Valparaíso y Copiapó reportaban, a pesar de que, en los cambios que éstas ciudades producían en sus estructuras económicas, se estaban engendrando los gérmenes de su propio fin. De hecho, en la juventud, que se formaba bajo las rígidas formas pedagógicas españolas santiaguinas, comenzaban a retoñar las ideas del cambio espiritual y político, que el país requería.

A De la Barra le correspondió crecer y formarse, en tanto, en un medio distinto al de los jóvenes santiaguinos. Sus primeros estudios los realizó bajo la influencia inglesa, no menos estricta, pero, mas ligada a las ideas emprendedoras de aquellos que llegaban a Valparaíso trayendo el comercio y las formas fabriles de producción. Jasna Misetic indica que allí recibió la influencia de Byron, Walter Scott, Thomas Moore y otros autores ingleses. Junto con ello, creció en un ambiente familiar fuertemente vinculado a las emergentes ideas liberales de mediados del siglo XIX. Estrechamente vinculado al ideólogo liberal José Victorino Lastarria, por vía materna y por lazos conyugales, al casarse con una hija de éste, mantuvo una relación política y familiar que será decisiva en su proyección dentro de la intelectualidad y la nueva clase política chilena, que surgirá de las cenizas del régimen pelucón.

La figura de José Victorino Lastarria constituye una referencia obligada y fundamental, para entender los procesos sociales, político y culturales del siglo XIX, desde los años 40 en adelante. Fue éste, el principal apóstol del liberalismo doctrinal, y su principal referente durante mas de veinte años. De la misma forma, fue el líder del movimiento intelectual de 1842, la única primavera significativa del pensamiento y de la creación cultural del siglo XIX, que estuvo siempre dominada por las ideas conservadoras y un provincianismo limitante.

Por otro lado, Lastarria se convertiría en uno de los referentes de las ideas laicistas, que introdujera Bilbao, tanto por su propia reflexión frente a la ligazón clerical-conservadora, como por su vinculación a la masonería, a la cual ingresó en 1853, como el primer chileno iniciado en la logia "Unión Fraternal" de Valparaíso.

La vinculación de Eduardo de la Barra con Lastarria, no solo fue familiar: fue intelectual, cultural y política. Ello se advierte en su decisión de estudiar para agrimensor, en el Instituto Nacional. Lastarria, precisamente, había sentado cátedra en esa casa de estudios sobre la materia, al publicar, en 1838, su libro "Lecciones de Geografía Moderna", y a través de su magisterio como profesor en el Instituto. Es más, De la Barra compartió sus estudios para agrimensor con Washington Lastarria, hijo de José Victorino, que después fue catedrático de la Universidad de Chile y autor de un mapa de Chile que perduró por varias décadas.

Por cierto, el indiscutido liderazgo de Lastarria en la oposición al gobierno de Manuel Montt y al régimen pelucón, que venía ejerciendo desde el gobierno de Bulnes, llevaron inevitablemente a De la Barra a sumarse al movimiento político que se oponía al sistema instaurado por Portales a través de la Constitución de 1833.

El régimen pelucón había soportado dos grandes embates de parte de la oposición liberal: en 1850-1851, a propósito de la candidatura de Montt, que desencadenó varios conatos revolucionarios, en los cuales tuvo activa participación la Sociedad de la Igualdad, liderada por Arcos y Bilbao, la primera organización social-revolucionaria en la historia chilena; y en 1859, considerada la revolución democrática y burguesa por excelencia.

En ésta última, se conjugaron dos liderazgos liberales: el de Lastarria, en Santiago, expresivo de un movimiento intelectual y político, que, a través del periódico "La Asamblea Constituyente", desarrollaba un fuerte debate ideológico contra el gobierno montt-varista; y el de Pedro León Gallo, en Copiapó, expresivo de la burguesía minera, que se manifestó en una acción eminentemente insurreccional armada. Contra ellos, Montt arremetió con fuerza, imponiendo la "ley de responsabilidad civil", con la que persiguió tenazmente a sus opositores.

Hacia 1860, el país marchaba inexorablemente hacia la crisis económica, producto de los propios efectos de la guerra civil de 1859, de la rebelión indígena en la frontera sur, de la disminución de la extracción minera, y del cierre de los mercados de California y Australia. Por aquellos días, entre 1859 y 1861, De la Barra ejerce como profesor en el Instituto Nacional, sin alcanzar aún relevancia en los acontecimientos nacionales.

EN LA GESTION PUBLICA.

En 1861, el régimen pelucón llegaba a su fin, y se constituía el primer estado de compromiso de la clase política en la historia republicana chilena. El conservadurismo, consciente de que la crisis era tan profunda en sus alcances económicos y políticos, optó por la cohabitación en el poder con los liberales, para lo cual estableció un acuerdo con un sector de ese partido, levantando la candidatura presidencial de José Joaquín Pérez (1861-1871), un aristócrata de preferencias liberales, de estilo extremadamente moderado ("ebrio de indolencia", sería el calificativo del joven Balmaceda).

El pacto político se llamó fusión liberal-conservadora, que mantuvo su vigencia por trece años, es decir, hasta mediados del gobierno de Federico Errázuriz Zañartu (1871-1876), cuando la discusión en torno a las propuestas de laicización dividió el escenario político en dos sectores irreconciliables: el clericalismo y el laicismo.

El primer gobierno fusionista, debió enfrentar diferentes problemas de envergadura, entre los cuales estuvo la guerra con España, producto de las intervenciones neocoloniales de esa potencia en América, consecuencia de la estrategia de la llamada Santa Alianza (Inglaterra, Francia y España), que buscaba repartirse zonas de dominio, ante el desarrollo de sus economías, que requerían de mercados para sus productos y fuentes de materias primas, desencadenando lo que los historiadores del siglo XX  han llamado el proceso imperialista de división del mundo, al que luego se sumaron otros países (Alemania, Portugal, Bélgica, Holanda, Italia y Rusia).

En la dirección económica del país, comenzaban a hacerse patentes las propuestas de Courcelle-Seneuil, apóstol en Chile del dejar hacer económico, que tuvo en Zorobabel Rodríguez a su más sobresaliente discípulo.

En el gobierno de Pérez participaron varios connotados liberales, incluyendo a Lastarria, que ejerció como Ministro de Hacienda. En las elecciones parlamentarias de 1864, los partidarios del montt-varismo, es decir, de los conservadores ultramontanos, fueron derrotados claramente, robusteciendo la política fusionista, pero, también, en aquellos comicios, fueron elegidos nuevos dirigentes políticos, tales como Manuel Antonio Matta, Tomás Gallo, Espejo, Claro Cruz y Manuel Recabarren, no comprometidos con el gobierno de la fusión, y que representaban un liberalismo mas radical, es decir, que buscaban la superación de las estructuras políticas existentes.

Algunos liberales que, inicialmente, cooperaron con la fusión, con el tiempo se desencantaron y se sumaron a la corriente radicalizada, que ya entonces se identificaba como partido radical.

Eduardo de la Barra, durante el gobierno de Pérez, colaboró con éste en funciones ministeriales subordinadas, como jefe de sección del Ministerio de Hacienda - del cual Lastarria fue titular -, función que ejerció hasta 1872, manteniendo su condición de profesor del Instituto Nacional. Durante ese periodo, sus motivaciones parecieron apuntar fundamentalmente hacia su labor de burócrata y educador, así como hacia la creación literaria, pues, de entonces data su libro "Poesías Líricas", publicado en 1866.

Entre las vinculaciones de Eduardo de la Barra, a partir de 1861, se encuentran nombres de importantes opositores: Angel Custodio Gallo, Guillermo Matta y Juan Nepomuceno Espejo, los dos primeros hermanos de los desterrados caudillos de la insurrección de 1859, y el último, uno de los grandes activistas contra el peluconismo. Producto de esas relaciones es que, De la Barra, es propuesto para ser iniciado masón en la primera logia fundada en Santiago, bajo los auspicios de la naciente Gran Logia de Chile. Recordemos que la logia "Justicia y Libertad" # 5, fue fundada en noviembre de 1865, por nueve masones, entre los cuales estaban Angel C. Gallo y G. Matta, siendo su primer Venerable Maestro el militar Miguel Fáez, que luego sería Gran Maestro de la Gran Logia de Chile. J.N.Espejo, en tanto, fue el primer iniciado en esa logia, a la que, poco después, en agosto de 1865, ingresaba Eduardo de la Barra. Al año siguiente, era iniciado en ese Taller, Demetrio Lastarria, otro de los hijos de José Victorino.

LA EPOCA DE LA TRINCHERA.

Con el advenimiento del gobierno de Errázuriz Zañartu, comienzan a agudizarse las contradicciones entre las concepciones clericalistas y laicistas. En esa confrontación adquiere presencia significativa el radicalismo, que, a través del Club de la Reforma y del periódico "La Reforma", promovieron sus ideas entre la clase media intelectual, los propietarios emergentes del agro y el comercio, la burocracia, y la juventud ilustrada. Su doctrina promovía el Estado laico, el fin del autoritarismo y de los enclaves de poder del conservadurismo, la extensión de la enseñanza científica, la supresión del fuero eclesiástico y de la enseñanza de latín, la educación a cargo del Estado, la descentralización administrativa y la libertad de sufragio.

A partir de la relevancia del radicalismo en la escena política, que adquiere fuerza ante su crítica al régimen fusionista, fue atrayendo las simpatías y adhesión de los intelectuales y políticos jóvenes de la época. Entre ellos cabe mencionar, destacadamente, a Eduardo de la Barra, que, hacia 1871, se había convertido en uno de los principales espadachines del laicismo, utilizando, no la espada ni el florete, sino que la pluma y la tinta de imprenta.

Es el periodo de la trinchera para De la Barra, que su ubica en el centro de la lucha laicista, a través de los periódicos y de los libros. De éste modo, en 1871, publica en un libro, una selección de sus artículos de periódico bajo el seudónimo de V.Erasmo Gesuit, con el título "Saludables advertencias a los verdaderos católicos y al clero político". En 1872, publica su no menos famoso "Francisco Bilbao ante la sacristía: refutación de un folleto", en que encara los conceptos del ultramontano Zorobabel Rodríguez, el Veuillot del clericalismo chileno. Este libro tendría una reedición en 1873. Dos años mas tarde, publicaría en un folleto, su monografía titulada "El radicalismo chileno", que da cuenta de sus discrepancias con el Partido Radical (que lo alejará definitivamente de sus filas), y de su controversia con Manuel Antonio Matta. El origen de esa controversia e encuentra en sus distintos puntos de vista respecto de la reforma electoral propuesta por el Presidente Errázuriz, que contó con el apoyo de Matta, lo que De la Barra consideró una traición a los ideales radicales. La visión, que asume De la Barra es tremendamente crítica, llegando a definir al radicalismo como "una bandera sin partido", done solo "permanecía latente la doctrina", pero, no la acción.

A partir de entonces, Eduardo de la Barra representó la libertad electoral por excelencia y las aspiraciones de una verdadera república democrática. En adelante, se mantuvo como un radical conceptual, es decir, como un ultra-liberal, pero, no integró filas partidarias.

En la perspectiva de las elecciones presidenciales de 1876, se juega abiertamente por la candidatura de Benjamín Vicuña Mackenna, la que, sin embargo, no llegó a las urnas, imponiéndose en los sectores liberales el nombre de Aníbal Pinto.

INTEGRANDO LA CLASE POLITICA.

Entre 1876 y 1886, el tema de la laicización del Estado, fue el eje de la discusión nacional, salvo durante la Guerra del Salitre, que constituyó un paréntesis importante, y cuyo exitoso final permitió la continuidad de los gobiernos liberales. Las controversias que se originaron con la salida de los conservadores del gobierno, en 1873, en que la defensa valórica clericalista fue solo un pretexto de esta corriente para ocultar la desolación por haber sido expulsada del poder, adquirió tal virulencia que, si no hubiera sobrevenido la guerra con Bolivia y Perú, a juicio del historiador norteamericano Federico G.Gil, lo mas probable es que la pugna hubiera derivado hacia la guerra civil

El gobierno de Aníbal Pinto (1876-1881), se inició en medio de una grave crisis económica, debido a la disminución en los negocios mineros, que afectaron los ingresos aduaneros, principal fuente de ingresos fiscales. Esta crisis se agravó con el desastroso año agrícola de 1877. Esto obligó al gobierno a contraer una mayor deuda externa, encareciendo el circulante, lo que el gobierno trató de solucionar con emisiones en papel moneda, iniciándose la crisis monetaria que será la causa de una inflación permanente, con profundas consecuencias económicas y sociales en las décadas posteriores. El conflicto armado con Bolivia y Perú, obligó al gobierno a sostener esa política de emisiones en papel moneda, para financiar aquella costosa guerra, lo que agudizará el problema.

De la Barra apoyó la guerra y propugnó que ésta debía llegar hasta las últimas consecuencias, si Perú y Bolivia no se rendían, y después, defenderá con mucha fuerza la anexión de Tarapacá al territorio chileno.

La entrada de las tropas chilenas a Lima, en 1880, resolvió en lo principal el conflicto con Perú, pues la capacidad militar de ese país quedó desarticulada. Lo que siguió fue la ocupación y el intento de algunos caudillos peruanos por oponer resistencia a través de montoneras. Bolivia, en tanto, se había marginado mucho antes del conflicto, replegándose tras la Cordillera de Los Andes.

En 1876, Eduardo de la Barra regresa al Instituto Nacional como profesor de literatura, y poco después el Presidente Pinto lo nombra Rector del Liceo de Valparaíso.

Sorteada la guerra con éxito, las contradicciones entre liberales y conservadores retomaron su ritmo e intensidad. Prontos a una nueva elección presidencial, a verificarse en 1881, la artillería verbal parlamentaria y la expresada a través de los periódicos adquirió nueva virulencia. La eminente candidatura del general Manuel Baquedano, jefe militar victorioso de la reciente guerra, fue atacada por De la Barra con vehemencia, quien sostuvo que, lejos de agradecer al militar su conducción de la guerra, ello solo terminaría por abrir paso al militarismo. Los liberales y radicales, terminaron por levantar la autoritaria figura de Domingo Santa María, un declarado anti-clerical, tras el cual se propone un programa que busca completar el proceso de instauración de las leyes laicas y la ampliación del sufragio a todo varón mayor de 25 años.

Tras la candidatura de Santa María, Eduardo de la Barra se incorpora activamente a la clase política, y gana un espacio relevante, que se traducirá en una diputación suplente por Rancagua, producto de la decisión arbitraria del nuevo Presidente. Sin embargo, De la Barra declinará la designación, señalando que "a esa elección le faltaba el concurso de su propia voluntad, lo que ante su conciencia se hacía nula". Poco después, el nuevo gobierno lo designará Ministro residente de Chile, en Uruguay, donde entrará en contacto con la Masonería local, que le coronará con el Grado 33°.

Por esa época, había comenzado su énfasis hacia los estudios del lenguaje, de la historia de la gramática y la métrica castellana, lo que derivará que, en 1886, sea nombrado miembro de la Real Academia Española.

EL DRAMA DE 1891.

Cumplida la plataforma laicista, que llevó a Santa María a la presidencia, privadas de gran parte de sus banderas anti-clericales, el liberalismo comenzó a descomponerse. Y ésta descomposición se extendió hacia las filas del radicalismo. Por otro lado, diversos factores externos comenzarán a primar en la determinación de las variables de la escena política nacional.

Con vistas a las elecciones presidenciales de 1886, Eduardo de la Barra se unió al liberalismo que levantó la candidatura de Balmaceda, quien había sido el ministro impulsor de las reformas del gobierno de Santa María, muchas de las cuales serían terminadas en su propio gobierno. De la Barra admiraba a Balmaceda, pero, no aceptó los cargos políticos que este le ofreció.

De la Barra, fue confirmado como Rector del Liceo de Valparaíso, sin duda, una importante misión educacional, considerando que el de Balmaceda fue uno de los gobiernos de la llamada "república liberal", que realizó uno de los más importantes esfuerzos para desarrollar la educación estatal. "Ilustrar al pueblo y enriquecerlo, después de haberle obsequiado sus libertades civiles y políticas, es la obra del momento", había afirmado Balmaceda, mientras destinaba importantes recursos de la bonanza salitrera, para el desarrollo y mejoramiento de la enseñanza pública.

De la Barra se sintió parte de ese enorme esfuerzo, desarrollado por el Presidente y su Ministro Bañados, cuyos guarismos, para la época, significaron un esfuerzo tan importante, como el desarrollado por Pedro Aguirre Cerda, medio siglo después.

Sin embargo, la catástrofe se sentía venir. Carente la clase política liberal del entusiasmo laicista, se enredó en la disputa preparada por los conservadores, respecto a la pugna presidencialismo-parlamentarismo. Los liberales, que antes habían sido promotores de las libertades, ahora miraban más su condición social y sus privilegios en la clase política, donde las componendas que prometía el parlamentarismo, daban mas preponderancia a su rol, que la realidad que ofrecía la vigencia del sistema presidencialista. La polarización política, promovida por la aristocracia, los elementos clericales, y los sectores influenciados por North – el rey del salitre -, tuvieron la capacidad de aglutinar tras ellos a los sectores políticos que se resistían al presidencialismo y sus excesos. Para los conservadores, marginados desde el poder por casi veinte años, era la oportunidad para retomarlo.

La sublevación del Congreso, desencadenó la guerra civil, con financiamiento de los magnates del salitre, y las fuerzas del gobierno terminaron derrotadas. Eduardo de la Barra, como muchos balmacedistas, debió soportar el saqueo de su casa y tuvo que huir al exilio. Previamente había sido destituido de su cargo en la Rectoría del Liceo de Valparaíso, el 16 de septiembre de 1891, por el revanchismo de quien fuera su camarada en las luchas liberales, Isidoro Errázuriz, ahora Ministro de Educación de la Junta de Gobierno. Este constituyó "una comisión investigadora", para fundamentar legalmente la destitución, y quien se encargará de las acusaciones será Valentín Letelier.

Fue acogido por el Presidente de Argentina, Carlos Pellegrini, calificado por el historiador peruano Luis Alberto Sánchez, como "hombre audaz, dinámico, arrogante y astuto", que representaba a la inmigración no criolla. El gobierno argentino designó a Eduardo de la Barra como Inspector de las Escuelas Normales de Mendoza y San Juan, y, posteriormente, Director del Colegio Nacional de San Juan.

En ese país se unió al Partido Liberal Democrático, en cuyas filas permaneció, hasta que entró en discrepancias, cuando éste se alió a los conservadores para acceder al poder.

EN EL ORACULO INTELECTUAL DE SU EPOCA.

Con el triunfo de la insurrección del Congreso, en 1891, se instaura la llamada "república parlamentaria", que convirtió al Presidente en un instrumento de las eventuales y transitorias mayorías parlamentarias. En el lapso de 33 años que perduró, hubo 121 cambios de gabinetes. Las consecuencias del triunfo de los congresistas y del parlamentarismo, a juicio de Julio César Jobet, produjo esterilidad en la administración pública, desarrollo de la politiquería y del profesionalismo político, entrega de las riquezas al capital foráneo sin ningún tipo de exigencias pecuniarias, y ausencia de una labor gubernativa eficaz. "Fueron elegidos, por la sola voluntad de sus riquezas, parlamentarios ignorantes y deshonestos", dice Jobet. Las diferencias entre los partidos políticos se hacen nimias, y solo se manifiestan en lo relativo a las viejas querellas espirituales sobre la relación Iglesia-Estado, o respecto a la educación pública, pero, ninguno estaba dispuesto a profundizar en esas diferencias.

En lo relativo al manejo económico o de los emergentes problemas sociales, no había diferencia entre unos y otros. Las estructuras económicas, basadas en el latifundio y en la explotación minera con fuerte dominio extranjero, siguen siendo los factores determinantes.

El liberalismo, expresado en el Partido Liberal, poco se diferenciaba de los conservadores, y habitualmente constituyeron gobiernos de coalición, en los cuales participaba también el radicalismo. El balmacedismo, nucleado en el Partido Liberal Democrático, era "una montonera de oportunistas", y se transformaría en uno de los factores de mayor descomposición de la política chilena. Nada le hizo peor a Balmaceda, que aquellos que reivindicaron su herencia política.

El Partido Radical, bajo el liderazgo de Mac Iver, perdió toda relación con sus orígenes, manteniendo ciertos principios como factor de identidad, pero, en su acción no se diferenciaba de los liberales y conservadores. Esta tendencia se mantendría hasta 1906, cuando Valentín Letelier traería los aires de la renovación y de la reivindicación originaria.

Las llamadas "cien familias" imperaban sin contrapeso en la economía, la política y la cultura chilena de fines del siglo XIX. La bonanza económica del salitre no generó ninguna base económica en otros ámbitos productivos. Solo el despilfarro, la corrupción de los funcionarios del Estado, la explotación inhumana de los trabajadores del salitre, del cobre y del carbón, enormes fortunas cuyas riquezas quedaban en los bancos ingleses u otros países. Mientras tanto, la oligarquía soñaba con los salones parisinos, construía palacetes e importaba todo lo que le permitía mantener un boato imprevisor.

De aquella naciente burguesía emprendedora de Copiapó, o de los pioneros que se internaron por las pampas de Atacama, o que construía locomotoras o nacientes industrias, veinte años antes, no quedaba nada. Solo una aristocracia improductiva, parasitaria y satisfecha solo de manejar los hilos de la influencia y del poder.

En ese ambiente, Eduardo de la Barra regresa a Chile, en 1895, luego de cuatro años de exilio. Lo hace con un prestigio redoblado, intelectualmente entero y prolífico. Sus discípulos lo reciben con entusiasmo y lo elevan al podio del oráculo nacional. Frente a los distintos aspectos del debate nacional, que podían ser llevados a un nivel superior, dentro de un medio cultural empobrecido por el inmediatismo, De la Barra deja oír su voz superior, a través de la prensa, de sus libros, de folletos o conferencias.

Su dedicación es fundamentalmente intelectual, y  publica la mayoría de sus libros filológicos y literarios, muchos de los cuales, fueron obra de su estancia en el exilio. Entre 1895 y 1900, es abundante la cantidad de libros que son publicados con su nombre, referidos a lingüística y gramática. Pero, también, se da tiempo para soberbias polémicas, como la referente a la política de entrega de territorios a Argentina, que criticó apasionadamente, y como la discusión sobre los profesores alemanes, que le llevó a atacar duramente lo que llamó "el embrujamiento alemán".

Sin embargo, se dio tiempo también para proyectar sus energías hacia la actividad masónica, al punto que, en 1898, con acuerdo de la Gran Logia de Chile, constituye el Supremo Consejo del Grado XXXIII para la República de Chile. Al año siguiente, fallece de diabetes, a la edad de 61 años, siendo despedidos sus restos por las máximas autoridades de la masonería chilena.

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BIBLIOGRAFIA.

De la Barra, Eduardo. Su bibliografía disponible en la Biblioteca Nacional. Chile.

Encina, Francisco Antonio . "Historia de Chile". Editorial Ercilla.

Gil, Federico G. " El sistema político de Chile" Editorial Andrés Bello.

Jans, Sebastián. "El desarrollo de las ideas socialistas en Chile". www.geocities.com/sebastianjans

Jobet, Julio César. "El Desarrollo económico-social de Chile". Anales de la U. De Chile.

Misetic, Jasna I. "Eduardo de la Barra y Lastarria (1839-1900). El compromiso de un intelectual frente a las transformaciones de su época". Tesis de Grado. Instituto de Historia. U.Católica de Chile. 1989.