Cien Años Liceo Eduardo de la Barra

por Florencio Va1enzue1a Soto.

Hacer la historia del "Liceo de Hombres No 1 Eduardo de la Barra" de Valparaíso, que este año [1962 NdelE] cumple un siglo de existencia, es abrir las páginas de un libro maravilloso por el profundo sentido humano que encierra, por su trascendencia en el desarrollo cultural, social y material de Chile y porque contiene, además, casi completa la trayectoria de la evolución educacional humanística de nuestro país.

En efecto, la organización medular y sistemática de la educación chilena, nace hacia 1842, año memorable por muchos conceptos, como el desarrollo del movimiento cultural y la creación de la Universidad de Chile.

Nuestro establecimiento fue fundado por decreto de 22 de Marzo de 1862, decreto de creación que decía a la letra: "Considerando la importancia de la ciudad de Valparaíso, que tanto por su comercio y población como por su cultura, reclama con urgencia de un establecimiento de educaci6n en que puedan hacerse los estudios preparatorios necesarios a cualquiera profesión científica y aquellas especiales más en. armonía con el carácter de la localidad, he venido en acordar y decreto: Créase en la ciudad, de Valparaíso un establecimiento de educación; que llevará el nombre de Liceo de Valparaíso. Firmado: José Joaquín Pérez, Presidente; Manuel Alcalde, Ministro".

Sin embargo, el funcionamiento regular del Colegio se inicia el 2 de Junio de 1862. Era tal vez una fría mañana de invierno, cuando el portero tocaba. la campana que indicaba la iniciación de las actividades escolares y acudían a sus aulas, llenos de entusiasmo, los 150 alumnos que se habían matriculado. Funcionó entonces el Liceo en la calle Retamo, en un local arrendado a los religiosos de la Merced y ciñéndose al plan de estudios del Instituto Nacional, o sea, con cursos de Humanidades y Matemáticas, aplicadas a las profesiones de ingenieros geógrafos, arquitectos y comercio.

Al tomar conocimiento de los antecedentes que dieron origen a la creación del Liceo de Valparaíso, no podemos menos que rendir un tributo de gratitud y admiración, a aquellos hombres superiores de mediados del siglo XIX, que echaron sobre sus hombros la labor improba de liberar de la ignorancia a nuestros antepasados, muchas veces soportando la incomprensión y la ingratitud de sus contemporáneos retarda[ta]rios, porque justamente las obras que están llamadas a tener mayor trascendencia en la vida de los pueblos son las que más cuestan y las que más odiosidades acarrean. A pesar de todo, tuvieron la fuerza suficiente para soportar las dificultades con estoicismo, porque estaban convencidos de que la mayor fortuna que podrían legar a sus conciudadanos eran los instrumentos espirituales, que les permitirían ser realmente libres en una nación recién políticamente libre. Fueron estos, hombres visionarios y de extraordinario carácter, como Manuel de Salas, como los Egañas, como Lastarria y Vicuña Mackenna, como Barros Arana y Valentín Letelier, que se entregaron a predicar su evangelio de redención con sacrificio de sus personas, de sus bienes y de la ventura a que tenían derecho.

En dos momento de nuestra historia, ese núcleo minoritario hal1ó comprensivo apoyo en los gobernantes: en el decenio de Bulnes y en los períodos presidenciales de Santa Maria y de Balmaceda. Gracias a la conjunción de ambas fuerzas, se abren los dos periodos más fecundos de nuestra enseñanza: el de 1842 a 1852, en que se estructura y el de 1880 a 1890, en que se verifica la gran reforma auspiciada por don José Abelardo Núñez en la Primaria y Normal y por don Diego Barros Arana, don Valentin Letelier y los maestros alemanes del Instituto Pedagógico en el sector humanístico.

Producto de este primer período de creación de establecimientos de enseñanza secundaria es el Liceo de Hombres de Valparaíso. A través de su centenaria existencia, ha tenido la suerte de contar con nueve rectores, que han dedicado lo mejor de sus esfuerzos a su engrandecimiento y prestigio.

Joaquín Villarino 

Fue el primero de ellos don Joaquín Villarino [foto derecha], que lo dirigió desde 1862 a 1868. Era Profesor de Matemáticas y Física y había sido Rector del Liceo de La Serena. En Valparaíso, su actuación fue muy destacada. Se dice que su ojo vigilante todo lo escudriñaba y a tanto llegaba su interés y preocupación, que é1 mismo examinaba a los alumnos para imponerse de sus adelantos. El régimen disciplinario que existía entonces era muy distinto del actual, tanto en las clases como en los patios. Entre los castigos usados, estaban el guante, el ponerse de rodillas y el encerrar a los alumnos en cajones altos y angostos.


Gabriel Izquierdo 

En 1868, destituido el señor Villarino por razones políticas, fue reemplazado por don Gabriel lzquierdo [foto izquierda], cuya rectoría fue muy breve, hasta fines del 70, y le sucedió don Justiniano Adróver [foto derecha]Justiniano Adróver, el cual dirigió el Liceo desde 1871 a 1877. Durante su rectoría, aumentó la matrícula, estableció clases de Gimnasia, se iniciaron clases nocturnas para artesanos y aplicó un nuevo plan en el curso de Comercio. El Colegio llegó a tener entonces tan sólido prestigio por la calidad de la enseñanza que impartía y de sus aulas egresaban año a año jóvenes que iban a tener destacada figuración en la sociedad, como los hermanos Clark, que construyeron el ferrocarril trasandino y a los cuales se les erigió un monumento en la ciudad de Los Andes.

A Adróver sucedió el destacado publicista, filósofo, literato, agudo polemista, político y educador don Eduardo de la Barra y Lastarria [foto izquierda abajo], quien reunía todas las condiciones para sobresalir en las más variadas actividades a que lo llevaron sus inquietudes. Había nacido en Santiago en 1839. Huérfano a temprana edad, pasó sus primeros años en La Serena. Estudió en Valparaíso y en el Instituto Nacional donde se graduó de Ingeniero Geógrafo. En el Instituto Nacional fue Profesor de varias cátedras y de allí fue trasladado a la rectoría del Liceo de Valparaíso.

Eduardo de la Barra
Su rectorado es tal vez; el más fecundo en realizaciones y por el prestigio extraordinario que con su solo nombre daba al Liceo. Fundó la Academia Dominical de Letras y de Ciencias Naturales; creó un Museo de Historia Natural; dotó al Establecimiento de Gabinetes de Física, de Historia y de Anatomía, de un Laboratorio de Química y enriqueció la Biblioteca con muchos volúmenes. Sin duda, fue la época de oro del Liceo, que llegó a tener alrededor de 400 alumnos.

En 1879, al estallar la guerra del Pacifico, numerosos alumnos se enrolaron en la Marina y el Ejército y una sección del Liceo sirvió de Hospital de Sangre.

En 1882, debido a que don Eduardo de la Barra fue nombrado para cumplir una función diplomática en el Uruguay, lo reemplazó en su cargo don Federico Puga Borne [foto derecha]. Federico Puga Borne

El señor Puga había nacido en Chillán en 1855, estaba en posesión del titulo de médico cirujano y desempeñaba el cargo de Director del Museo de Valparaíso.

En 1881 se le confió la jefatura del servicio sanitario del ejército que expedicionaba en el Perú y participó en las batallas de Chorrillos y Miraflores.

Regresó en 1882 para hacerse cargo de la Rectoría del Liceo de Valparaíso y cumplió esta misión con inteligencia y fervor, pues tenía verdadera vocación por la carrera del magisterio.

Se prueba esto último por el hecho de que, establecido en la capital, en 1888 fue nombrado Ministro de Justicia e Instrucción Pública y como tal desempeñó una labor extraordinariamente fecunda, ya que en los seis meses que estuvo en ese Ministerio creó y organizó el Instituto Pedagógico destinado a la formación del Profesorado de Segunda Enseñanza; además, durante su ministerio, se fundaron numerosas bibliotecas populares, gabinetes para el estudio de las ciencias naturales, escuelas públicas, pensionados liceanos, etc.

Posteriormente, tres veces más desempeñó esta Cartera; cuatro veces fue Ministro de Relaciones y una del Interior. Era la época del parlamentarismo chileno.

En 1891, por causas políticas derivadas de la guerra civil y cuando el  Liceo funcionaba en el más brillante pie, Don Eduardo de la Barra era cambiado por un ilustre educador alemán: don Carlos Rudolph [foto abajo]. Era la época del "embrujamiento alemán". Don Eduardo de la Barra se exiló en la república Argentina, donde el gobierno le entregó la dirección del Colegio Nacional de Rosario. Vuelto al país en 1895, falleció cinco años más tarde, en 1900.


Carlos RudolphEl señor Rudolph llegó al país en 1877. Había nacido en Wittemberg, en Sajonia. Se educó en el Gimnasio de esa ciudad y más tarde se tituló en la Universidad de Halle. Instalado en Chile, abrió un Colegio particular al que llamó Gimnasio Chileno, a semejanza de los de su Patria. Allí trabajó hasta 1889.

Inicia sus actividades en el Liceo de Valparaíso, poniendo en práctica un nuevo plan pedagógico: el sistema concéntrico, que rige hasta hoy día y que consiste en que, al mismo tiempo, se van enseñando todos los ramos, de 1 a 6 año, desde lo más elemental a lo más complejo. Además, aumentó con nuevos ejemplares el Museo y la Biblioteca, y, como una novedad, empezaron a nombrarse los profesores jefes para cada curso. Desgraciadamente, el terremoto de 1906, seguido de un incendio, redujo a cenizas el Liceo. A pesar del infortunio, fue tanta la perseverancia y entereza del señor Rudolph, que logró que el gobierno de don Pedro Montt construyera un local provisional para el Liceo. En ese local provisional construido en 1911 desenvuelve hasta hoy día[1962 NdelE] sus actividades.

A don Carlos Rudolph le sucedió en 1918 don Ruperto Banderas Le-Brunn, al cual le correspondió una gran labor para reponer la inmensa cantidad de material de laboratorios y libros que había sido destruido por el incendio, e igual tarea desarrolló -en lo esencial-  su sucesor don Carlos Prado Martínez.  [foto abajo]

Carlos Prado

El año 1929 llegó a ocupar la rectoría del Liceo el distinguido e inteligente maestro don Emilio Muñoz Mena [foto derecha]Emilio Muñoz, quien se preocupó de todos los aspectos materiales y espirituales del Colegio y especialmente de sus proyecciones en la sociedad porteña. Don Emilio Muñoz hizo justicia a los dos más preclaros rectores que había tenido el Liceo: le dio el nombre del ilustre educador don Eduardo de la Barra y en el patio principal del Establecimiento, autorizó la erección de un monumento a don Carlos Rudolph. Quiso, en esta forma, que estas dos figuras extraordinarias estuvieran siempre presentes en el recuerdo y el ejemplo para la muchachada liceana.

Actualmente [1962 NdelE] y desde 1952, dirige el Colegio don Hernando Albornoz Echiburú [foto izquierda] digno émulo de los mejores rectores que ha tenido el Establecimiento. Gracias a sus desvelos, ha logrado innumerables mejoras materiales, como la creación de salas de clases para nuevos cursos, el Hernando Albornozmejoramiento de los gabinetes científicos, periódicas adquisiciones de libros para la biblioteca, la expropiación de los terrenos anexos al Liceo y ha conseguido la cooperación decidida y eficaz de los centros de padres y apoderados y de ex-alumnos y amigos; además, durante los últimos años se ha destacado el Liceo por sus extraordinarios y brillantes resultados conseguidos por los alumnos egresados, que han obtenido los primeros lugares en las escuelas universitarias a que han postulado.

Hoy cuenta el Establecimiento con más de dos mil alumnos distribuidos en 35 cursos de Humanidades y 11 de Preparatorias fiscales y particulares y con más de 90 profesores.

En este Libro de Vida del Liceo, encontramos páginas que se relacionan con servicios prestados a la comunidad. En efecto, en nuestra casa han dado sus primeros pasos una serie de Establecimientos que han tenido gran trascendencia en el desarrollo cultural y social del Puerto y que después se han independizado. Así tenemos, la Escuela Naval: al cortar el cerro en el lugar en que ahora está la piscina, se encontraron restos de cañones; en el Liceo nacieron los primeros cursos del actual Instituto Superior de Comercio; el 15 de Agosto de 1910 se fundó en el Liceo la primera Brigada de Scouts de Chile; en él nació también, creada por los Profesores, la Liga Protectora de Estudiantes Pobres, la Sociedad de Instrucción Primaria Nocturna y la Sociedad de Colonias Escolares en 1917. Igualmente en el Liceo funcionaron los primeros cursos de Leyes de la Universidad de Chile, la Escuela de Pilotines Mercantes, hasta que fue anexada a la Escuela Naval, el Instituto Pedagógico y la Escuela Normal con carácter particular y que hoy pertenecen a la Universidad de Chile y a la Dirección de Educación Primaria y Normal, respectivamente. Ambas escuelas fueron fundadas por el ex-Profesor del Colegio don Oscar Guzmán Escobar.

El Liceo, como organismo vivo que es, y que labora con material humano, que es el más delicado y sensible, está consciente de sus limitaciones, de la incontrarrestable influencia del medio en que desenvuelve sus actividades y de la necesidad de transformarse al ritmo de la época; es así como hoy día trata de acomodar su organización interna, sus planes y programas de estudio a la realidad social cada vez más compleja y variable y en lo que tiene de invariable por nuestra idiosincrasia, historia y tradiciones, se inspira en los más puros principios democráticos; trata de formar en sus alumnos la conciencia del deber y la responsabilidad, inculcarles los valores morales de dignidad, tolerancia, franqueza, lealtad y compañerismo y, sobre todo, proporcionarles, no una prematura especialización, sino la más amplia cultura, que les permita desenvolverse con éxito en cualquiera actividad que les depare el destino.

En este sentido, como lo reconocen los más grandes educadores y hombres de ciencias, nuestra meta no puede ser otra que preparar a nuestros alumnos en los métodos para que sigan cultivándose, acrecentar los bienes espirituales que poseemos y orientarles para que puedan avanzar por el camino difícil de la verdad, para que puedan inquirir con espíritu crítico y libre en los espacios inmensos, en los mundos del núcleo atómico, de los genes, de los virus, en las entrañas del pasado, en las complejidades del alma, mundos que nacen y se destruyen como esos astros misteriosos que a miles de años luz aparecen y desaparecen ante nuestra mirada estupefacta. Vivimos en el período en que los hombres de ciencias penetran los secretos de la física y la química del núcleo y con ello de la investigación de una energía utilizable inmensamente superior a todo lo hasta ayer conocido. Juntamente con el despertar de los países latinoamericanos al llamado de unión de sus destinos, que tiene que ser obra de esta generación, quedará para la juventud la gran tarea de continuar las investigaciones científicas, con el fin de aprovechar sus ventajas, lo que supone, esfuerzo sostenido y sistemático de voluntad y talento.

Ha transcurrido un siglo desde que este foco de la cultura porteña abriera sus puertas a la formación de la adolescencia. Inmensa ha sido la obra desarrollada por él y de ella dan testimonio las decenas de miles de alumnos egresados de sus aulas, cada uno de los cuales debe llevar en lo más íntimo de su corazón, un pedacito del alma del Liceo. Será inútil querer olvidarlo, siempre aflorarán a su mente los recuerdos imborrables de aquella edad: sus juegos, sus estudios, sus profesores, sus compañeros.

Por nuestra parte, creemos, como creía don Darío Salas, que la educación -- a pesar del mentís que cada cierto tiempo parece darnos la situación del mundo --, es el método por excelencia de progreso social y que si no fuera por el esfuerzo silencioso, por el sacrificio oscuro de ese ejército de hombres y mujeres de todas las razas, que en las distintas latitudes, bajo todos los soles, realizan la misma obra que nosotros, el enorme edificio que la civilización ha levantado, se derrumbaría y nada quedaría en poco tiempo que diferenciara al hombre del bruto.

Contando con los medios materiales, unidos al factor humano, la personalidad del educador, que es lo esencial y lo primero, tendremos la absoluta seguridad de trabajar por un Patria mejor, por una humanidad más libre, más inteligente y más feliz.